Un castillo medieval no era solo un gran salón y una sala del trono: era un espacio complejo y cambiante, diseñado para cubrir las necesidades de quienes vivían y trabajaban en él.
Y digo cambiante porque no todos los castillos eran iguales. Su distribución dependía de su función, tamaño, época en la que se había construido y las reformas posteriores.
No obstante, algunos castillos eran simples fortalezas (aunque no por ello eran algo sencillo); otros fueron grandes residencias señoriales.
Si en el artículo anterior te desmontaba cinco mitos de los castillos medievales, hoy te invito a cruzar sus puertas: he preparado un recorrido basándome en los castillos que he visitado.
1. Entrada al castillo
Primero decirte que, al llegar al castillo, nos podíamos encontrar con varios elementos: puente, rastrillo, barbacana, puertas dobles… Pero no todos los castillos contaban con los mismos elementos.
Por ejemplo, el castillo de Guadalest (Alicante) tiene un acceso que me llamó muchísimo la atención, ya que la construcción en sí está situada en lo alto de un peñasco. Subí varias cuestas empinadas, escaleras y atravesé un túnel excavado en la propia roca de la montaña, túnel al que bauticé de inmediato como «el túnel medieval».
Tras el acceso, en muchos castillos se llegaba al patio o recinto interior, y de ahí acceder al resto de estancias, que podían estar en el mismo edificio o en construcciones diferentes.
2. Dónde se vivía
Una parte importante de la vida cotidiana transcurría en el gran salón y las estancias privadas.
El gran salón no era solo el lugar para comer, aquí se celebraban reuniones, recepción de invitados, celebraciones e incluso actividades relacionadas con la administración.
Por otro lado, tenemos las estancias privadas, que podían ser muy variadas. Una de ellas era la llamada «solar», una cámara privada destinada para el señor o a personas de alto rango.
Por último, pero no menos importante, las habitaciones para dormir. Estas también eran diferentes unas de otras y no había una para cada persona: dependía del rango social y la organización del hogar.
Un ejemplo muy bueno de estas estancias lo encontramos en el Alcázar de Segovia, del que estoy profundamente enamorada y por eso suele estar presente. La estancia que más me gustó fue la sala del trono, que me impuso un montón. En esta sala había tapices y alfombras que hacían la estancia muy acogedora. Y también recuerdo que predominaba el color rojo.
En este caso, el castillo segoviano no era solo una construcción defensiva: también fue una residencia.

3. Funcionamiento
La primera vez que caí en la cuenta de que un castillo era mucho más que murallas y torres, me sentí un poco mal por todas las personas a las que he estado invisibilizando inconscientemente.
Las cocinas, los almacenes y despensas, zonas de servicio, etc., eran necesarias para que todo funcionara como era debido.
Además de defender un castillo también había que alimentar a sus habitantes, conservar alimentos, atender a los animales, organizar el trabajo cotidiano, mantener las instalaciones… Y para todo esto se necesitaba tiempo y personal.
El castillo de Peñíscola, por ejemplo, me resultó interesante por su carácter de residencia fortificada y los espacios asociados a los templarios y, más adelante, a Benedicto XIII.
4. Los rezos… y demás necesidades
En este artículo quiero hablarte un poco de la capilla, porque la religión formaba parte de la vida cotidiana. Pero la capilla no siempre ocupaba el mismo lugar en el castillo: algunos la podían tener integrada en la torre del homenaje, en el conjunto residencial o incluso en otro edificio independiente dentro del recinto.
Y las demás necesidades… Sin duda, estoy hablando de las letrinas, porque sí, rezar era importante, pero lo otro también.
Las letrinas se conocían como «garderobes» y podían estar integradas en torres, muros o en estancias privadas. En el caso del castillo-palacio de Tiebas (Navarra), por ejemplo, se conservan los restos de unas letrinas medievales, conocidas como «cambras cortesas» con elementos destinados a su ventilación y limpieza.
5. Torres y defensa

Las zonas defensivas no tenían por qué estar separadas de los espacios destinados a la vida diaria.
Como te comentaba, en algunos castillos una misma torre podía albergar una capilla, letrinas e incluso habitaciones. Una escalera podía servir tanto para llegar a la zona residencial como para alcanzar una posición defensiva. Esto es lo que más me llama la atención de cada castillo que visito: la mezcla entre lo cotidiano y lo militar.
Esto lo sentí especialmente cuando estuve en Alicante hace algunos años y visité el castillo de Santa Bárbara. El conjunto se extiende por diferentes niveles y sus construcciones son el resultado de las distintas reformas que ha experimentado a lo largo de los siglos.
La verdad es que después de haber recorrido varios castillos medievales me resulta difícil imaginármelos como simples fortalezas con estancias frías y oscuras.
Preguntarse quién vivió allí, o dónde se cocinaba, dónde dormían los que trabajaban en el castillo, cómo se organizaba la vida cotidiana, etc., ayuda a que miremos la construcción más allá de sus murallas.
¿Has visitado algún castillo que te haya sorprendido especialmente por lo que encontraste en su interior? Te leo en comentarios.
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