Cuando visitas un castillo medieval, sueles pensar que siempre ha sido así, que estás viendo lo que en su día se construyó: las mismas murallas, torres, patios, estancias… Imaginas que está como si el constructor lo hubiera ideado así, tal y como lo ves siglos después.
Pero no. Un castillo, como lo que todos nos imaginamos hoy en día, no se construía «a la primera».
Muchos castillos fueron ampliados, reformados, adaptados a nuevas necesidades que surgían con el paso de los años. Y algunos de esos cambios llegaron mucho después de que se levantaran las murallas.
Por eso, cuando hablamos de castillo medieval, no deberíamos pensar en una construcción terminada, sino en una construcción que fue evolucionando.
Construir un castillo no era cosa de un año
La verdad es que la construcción de un castillo es algo compleja y no solo porque se prolongara el tiempo dedicado a construir este tipo de edificación.
Como te decía, la construcción de un castillo no tenía por qué consistir en levantar de una vez todo el conjunto que vemos hoy. Una fortificación podía tener una primera fase y, con el tiempo, incorporar nuevas estructuras, sustituir otras o reforzar las existentes.
Lo que sí podía darse por terminado era una fase concreta del conjunto. Por ejemplo, cuando se construía por primera vez el torreón en la mota y el patio en la zona de abajo —el típico castillo de motte-and-bailey—, eso sí había terminado. Pero después, con la vida posterior del edificio, es cuando empezaban las remodelaciones y ampliaciones, ya que la vida estaba, y está, en constante cambio.

Porque las necesidades cambiaban

Un castillo no cambiaba porque alguien decidiera ampliarlo o remodelar alguna estancia. También podían cambiar las necesidades de quienes vivían en él.
A lo largo del tiempo, un castillo podía tener diferentes funciones y convertirse en residencia, en centro de administración, alojamiento de una guarnición… Y todo esto requería espacios diferentes (si quieres saber más sobre las estancias de un castillo, te dejo aquí el artículo anterior).
La fortaleza pensada para defender un territorio no necestiaba lo mismo que una residencia señorial. Si con el paso del tiempo el castillo ganaba importancia política o se convertía en el centro desde donde se administraban las tierras, aparecían nuevas necesidades: más espacios de almacenamiento, dependencias domésticas, estancias privadas, etc.
Porque te recuerdo que un castillo no era solo una fortaleza desde donde defenderte, también era un hogar.
Y entonces llegó la pólvora
Si la «tecnología militar» cambiaba, los castillos también debían cambiar.
Con la llegada y expansión de la artillería algunas fortificaciones tuvieron que adaptarse a una forma de guerra diferente, tal y como hizo el Castillo de Monzón. Su Ayuntamiento detalla lo siguiente:
En los siglos XVII y XVIII se realizaron la mayor parte de construcciones y reformas que envuelven el recinto medieval para adaptar la fortificación a las nuevas armas de fuego. Para ello se construyeron baluartes, baterías de cañones y se reforzó toda la muralla exterior con ladrillo. Esta remodelación es la que ha conferido al Castillo de Monzón la fisonomía actual, más alejada de los castillos medievales, y más cercana a las fortalezas modernas.
Esto nos da mucho que hablar, la verdad, pero el tema de la pólvora y las armas de fuego son otra historia.

Lo que tenemos hoy en día, tanto en los castillos como en las iglesias y monasterios —también he visitado bastantes—, es una mezcla de distintas épocas.
En definitiva, ¿qué estamos viendo cuando visitamos un castillo?
No solo estás viendo un castillo medieval. A veces, ni siquiera estás viendo una construcción medieval. Estás viendo capas y capas de historia.
En resumen, y para que te hagas una idea, se construye la fortaleza básica, luego se amplía con nuevas estancias, se reforma y durante algunas batallas y asedios se destruye. Cuando vuelve a haber paz, se reconstruye, se adapta a la época y, al final, se abandona hasta que hoy en día se restaura. Y entonces los visitamos.
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Desde hace algunos años soy incapaz de no hacerme preguntas cada vez que visito un castillo: cómo era inicialmente, quién mandó construir la torre que tiene otro color de piedra y por qué, para qué la necesitarían…
Para mí, no es que un castillo estuviera siempre inacabado, sino que muchos de ellos fueron cambiando con el tiempo, adaptándose a las personas que los habitaban, a sus necesidades y a las circunstancias de cada época.
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Entre tinta y ceniza
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